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[la nausea según Sartre]

Como cuando sientes asco por todos y por todo. Como Sartre lo explica delicadamente en "La Náusea" que sigue siendo uno de mis libros favoritos sobre la porqueria de existir.

Últimamente. Siento mucho asco, habría acudido al médico para que me quitara el asco, pero, no era una enfermedad, me da asco vivir, me da asco existir. Muchas veces quisiera estar muerto. Dejar de existir. Pero soy un cobarde y detesto la cobardia. Pero tampoco tengo agallas para cambiar mi miseria.

Seré un bibliotecario odiando mi trabajo. Teniendo sexo intrascendente. Escribiendo novelas pésimas. Pero leyendo siempre buenos libros. Al final no sé, si llegaré a morir o los deseos suicidas van a superarme.
Quiero agallas para matarme.
Porque no tengo deseos de seguir viviendo.

[mi caballo de Troya]

Y te recuerdo, como un velo cobrizo alrededor de tu cabello, un tapiz de flora cubriendo tu frente en forma de abrazo, con tus ojos diminutos y espectaculares abriéndose al compás de un rutinario ademán, tus manos frágiles y dulces, que recuerdo al rozarme con ellas, tendido a tu piel de albor puro, tus muslos vestidos con un pantalón negro o rojo que se perdían entre tus botines y lucías genial con ese atuendo que amaba tanto en ti.

Ese espiral de lamentos que me emocionaba de ti, y un talante característico de tus intentos de suicidio que también admiraba, cuando comparábamos cicatrices de nuestros brazos, sin duda, eso fue fascinándome más, que me acercaba a ti, como un amor destructivo/constructivo, tu locura irremediable, cuando te aburrías de mí, y jugueteabas con clonazepam, nuestro alimento favorito, hasta recostarnos en la cama de mi habitación, componer poesía en nuestros labios y finalmente dormir por el efecto de nuestra droga inmoral.

Recuerdo todo como un cuadro atempor…

[Historias del sexo convexo]

Lo primero que tengo que decir, es que esta historia ocurrió en 1998.


Ella parece desposeída, y yo deshabitado de mi propia sexualidad.
Me mira pasar un par de veces frente a ella, con su frialdad que me atrae, porque las situaciones sentimentales me producían mucha ansiedad e insatisfacción, ella vestida en diminuta falda negra pegada a sus muslos y una blusa roja que dejaba ver un gran escote maximizando la crueldad de sus senos. Me acerco primeramente a sus ojos relucientes y fríos, y luego caigo a rozar su boca fascinante pero inexpresiva, así me atraía una mujer en aquellos tiempo, aún así, siendo una mujer como ella. Después se produce un roce de miradas, breves y oportunas, que abren la fortaleza de su anatomía hacia mi instinto, sin pensarlo o quizá pensando que me tenía un poco seducido tan fácilmente, que acaricia mi hombro un poco al verme pasar por segunda vez, al sentir su mano tan delgada y femenina pierdo impulso, me atrae a sus brazos. Mis piernas tiemblan. Posa su ma…

[mi charla con el diablo]

Todos podemos ser el demonio que queremos ser

-Me dijo el Diablo al inicio de una charla.- Su cuerpo manchado por la sífilis, párpados morados por no dormir, producto de la cocaina. Su piel reseca, aliento a licor, su perfume barato, su ropa de imitación, un tipo alto y elegante, tenía buena labia, con voz penetrante pero cálida, casi hipnótica, poco a poco me fue reconfortando su voz. Ahogado entre botellas de vino tinto y whisky, me confesó que ama más el whisky que cualquier otra cosa en la vida, -el licor,- Me dijo -Es como la mujer una ebriedad total, un ímpetu ardoroso que se siente como el fuego, no es un infierno, el infierno no es fuego ni condena.-

Se palpa con la lengua, con las manos, en cada sentido vívido y en un exquisito epicuerismo insatisfecho. Como tú, escritor insatisfecho con la vida y contigo mismo.

-Me dijo el Diablo.

Tú puedes ser el demonio que quieras ser, un demonio de la gula, un demonio del vino, acechar la bondad o la maldad, porque debes saber, que enfer…

[El odio de mi vida]

Odio la vida vacía e inasible.
También odio la vida compleja y sofisticada, que me hipnotiza pero me rechaza.
Odio esa tristeza que a veces me inunda.
También odio el vacío, la crisis existencial y odio sobre todo, la funesta alegría que luce su esplendor en mi estúpido rostro pueril.
Odio que a veces ya no quiera escribir.
Odio que a veces tengo mucho que decir y no puedo escribirlo.
Odio que nadie quiera escucharme, a veces detesto profundamente no tener amigos.
Pero me hace feliz no tener que preocuparme por alguien. (también odio ser feliz a veces)
Odio la solidaridad, el arrepentimiento, el perdón.
Odio el resentimiento y la venganza, odio la bondad estúpida de odiosos hipócritas.
También detesto la maldad ficticia, la malevolencia, la malicia sin sentido.
Odio que la vida sea tan hermosa que deba odiarla tanto.
Odio esta confusión emocional en un proceso que debía no sentir absolutamente nada.
Odio la saciedad de la sociedad.
Pero también detesto mi soledad.
Odio preguntarme ¿Porqué no sirvo…

[voces, lindas voces]

A veces escucho algunas voces preciosas cerca de mi oído que me seducen.

Como las voces de las sirenas que hipnotizaban a los marineros para ahogarlos entre sus cabellos.
Esas voces me dicen cosas que me adulan, que me sorprenden, tienen una voz dulce y son tres o cuatro voces distintas, todas provienen de mujeres, son modulaciones femeninas, es música discreta a mis sentidos, una fascinación a mi oído, todas esas voces son agradables y maravillosas, en su tono, su melodía, pero algunas veces, me confunden, me hablan todas a la vez y no entiendo, opacada la malicia por su hipnótica esencia y su melodiosa maldad que parece tan dulce, o quizá soy yo demasiado ingenuo para darme cuenta del daño que su voz provoca a mis oídos.

Y algunos pueden pensar que estoy loco. No tengo miedo de lo que soy o de lo que voy a convertirme, de hecho, desde hace muchos años que he esperado este momento. Poco a poco las voces serán más potentes y se callarán menos, yo tendré menos voluntad sobre mí mismo, y…

[adaptarme o mejor morir]

O  dejarme morir.
De una maldita vez.

[carta a la añoranza]

Las voces vívidas. Las alegres comisuras desbordando exaltación. Un heróico entusiasmo y una nostálgica ingenuidad es lo que me atrapa en un mismo recuerdo infantil, mi pensamiento infantil estaba formado por momentos vacíos y triste. El frío y lo gris es lo único que recuerdo de mis ojos y pupilas de mi edad juvenil. Ahí estaba un último día de diciembre, recuerdo que era 1991 o 1992 fue la última vez que sentí alegría y que reí profundamente hasta que me dolió el estómago. Y como mi padre esa noche no estaba ebrio, ahogado en su propio vomito, por el contrario estaba también alegre, cantando esa melodía y bromeando con nosotros alrededor de la mesa, mientras alguna imagen navideña salía en la tele a la que no le prestaba atención, volví a admirar a mi padre un poco, sin saber que después lo odiaría, luego me sería indiferente y ahora lo he redimido es que ha dejado una gran herencia en mi, su misoginia; su ateismo; su racismo; y su nihilismo.

Alegría: y es el recuerdo de su risa lo…

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